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3 BUENAS IDEAS PARA CREAR TU PROPIO PROYECTO MIENTRAS “TRABAJAS PARA OTRO”

¿Qué se pierde al perder el trabajo?

Ganarse la vida y algo más

21, 07, 2016

¿Qué se atesora cuando se lo conserva? Más allá de discusiones sobre puestos de trabajo perdidos, conservados, prometidos, proyectados, contabilizados y demás, hay una pregunta que atraviesa los tiempos, las coyunturas políticas y económicas y las circunstancias. ¿Para qué trabajamos? El interrogante parece banal y su respuesta luce como obvia. Más que eso, natural y automática. Nadie dudaría un segundo: trabajamos para ganarnos la vida. Sin embargo, cabe escarbar un poco más y agregar un nuevo interrogante: ¿para ganarnos qué vida?
Está claro que quien no come no vive, del mismo modo en que no lo hace quien no tiene agua o aire para respirar, o una protección ante las inclemencias naturales. En una civilización que hace muchos milenios abandonó el trueque, el autoabastecimiento colectivo en pequeñas familias o tribus y que convirtió el dinero en elemento de comunicación, intercambio, poder y estratificación social, el trabajo es la vía de acceso a esta herramienta (hay otras, como el robo, la estafa, la corrupción y diversos crímenes, pero no son materia de esta columna) y de ahí a la supervivencia. En la clásica Pirámide de las Necesidades Humanas que el psicoterapeuta humanista Abraham Maslow (1908-1970) elaboró hacia 1943, los requisitos de supervivencia física constituyen la base. Sin ese zócalo no hay Pirámide, no hay vida. En el vértice de la figura, es decir en su culminación, se encuentra la realización. La persona autorrealizada (como él la denominaba) es aquella que logró cubrir de una manera funcional los sucesivos escalones de la Pirámide hasta poder expresar todos sus valores, convertir en acto sus potencialidades, dar lo mejor de sí a través de sus herramientas creativas propias e intransferibles. Aquellos peldaños intermedios incluyen, en este orden, la seguridad tanto personal como familiar; luego las relaciones afectivas, la amistad, el amor, la satisfacción sexual; y por fin, requisito previo a la realización, el reconocimiento, el respeto y la confianza (atributos inseparables de la socialización).
Los castores no preguntan
Si trabajar para ganarse la vida se reduce a cubrir solo la base de la pirámide el trabajo se convierte en una actividad mecánica, sin horizontes, embrutecedora, que se vive como castigo, como yugo. En lugar de estimular los dones de una persona, los esteriliza y adormece. Esto es independiente del tipo de trabajo e incluso de su nivel de retribución económica. Cuando la retribución es mínima y las condiciones laborales son penosas la sombra de la esclavitud campea sobre la tarea por muchos recaudos legales que simulen ahuyentarla. Pero también ocurre que hay quienes convierten trabajos y profesiones muy bien remunerados en enormes abismos vacíos de sentido y satisfacción. Lo hacen al poner no ya la supervivencia física y elemental como objetivo de la labor, sino al transformar el dinero, el poder o el éxito social y efímero como fines que justifican el medio y lo desvirtúan. El trabajo, entonces, puede perder sentido y trascendencia por obra de las circunstancias o de poderes externos y ajenos o por mano propia.
¿Cuál es el sentido del trabajo más allá de la supervivencia? Es una pregunta que no se hacen los castores mientras construyen diques, las abejas mientras producen miel, los horneros mientras levantan nidos perfectos o las hormigas mientras desarrollan sistemas viales y de almacenamiento que producirían envidia en muchos ingenieros y arquitectos. Estas, y otras, son, como los humanos, criaturas que trabajan. Pero lo hacen a partir de una predeterminación biológica. No hay allí elección, vocación, propósito (aunque sí existe una función necesaria para el ecosistema). Por eso cada una de estas especies hace una sola cosa, específica, siempre la misma. No transforman la naturaleza. La conservan y equilibran.
Los humanos, en cambio, somos seres transformadores. Se nos presta el mundo para que lo regresemos mejorado, transmutado, y para que lo leguemos a quienes nos siguen en condiciones de continuar la tarea. Lo hacemos de diversas maneras, no ejercemos un único oficio ni una sola profesión. Nuestra diversidad como especie se transforma en diversidad laboral. Y no solo entre individuos. También en la vida de muchos individuos se expresa esa amplitud cuando a lo largo de su existencia desempeña diferentes tareas. Esa plasticidad solo es humana.
Trabajamos, como promedio, la tercera parte de nuestras horas ( y también más, por razones circunstanciales, económicas o vocacionales). Y cuando trabajamos no ponemos en pausa nuestros valores, nuestros sueños, nuestros afectos. No se trata de que no deberíamos suspenderlos, sino que de hecho no podemos, aunque supongamos que sí. No hay unos valores para la vida “civil” y otros para la vida laboral. Podemos cambiar nuestro atuendo antes de iniciar la tarea diaria (y usar el uniforme del operario, la chaqueta del médico, la corbata del abogado, etcétera) pero la persona es la misma. Y, si toma conciencia de que su vida tiene un sentido que va más allá de la simple supervivencia, seguirá conectada a la exploración de ese sentido mientras cumpla su labor.
La herramienta más valiosa
El sentido de la existencia de cada quien no se construye, ya existe. Se descubre. Pero requiere voluntad y actitud. Si dedicamos la vida a lo fugaz, a lo efímero, a lo superficial, a lo puramente material y tangible por muy vistosa que sea la cosecha aparente, habrá un trasfondo de insatisfacción y desasosiego, lo que se conoce como angustia existencial, hija del vacío de sentido. El trabajo ofrece un espacio fértil para la exploración de ese sentido. Nos conecta con otros, nos hace parte de un todo, cualquiera sea la tarea siempre tiene como destinatario a otro, nos permite poner en práctica los valores en los que creemos, desarrollar dones y atributos, tejer vínculos, experimentar la empatía.
Acaso la conciencia (propiedad exclusivamente humana) sea la herramienta más importante que podemos llevar a nuestro trabajo. Si no la olvidamos en casa, ella nos permitirá entender para qué estamos en la tarea que nos ocupa, aun cuando no se trate de la que nos agrada o la que hubiéramos elegido si se nos hubieran dado todas las circunstancias a favor. Un viejo dicho reza: “Si no hacés lo que te gusta, tratá de que te guste lo hacés”. En toda tarea hay una posibilidad de dejar el mundo un poco mejor de cómo lo encontramos. Pero nadie nos dirá de qué manera. Hay un desafío en descubrirlo. Y otro en hacerlo.
Por todas estas cuestiones cobra significado la antigua anécdota de los tres albañiles. A la pregunta de qué hacían, uno respondió: “Pego ladrillos con cemento”. El segundo dijo: “Levanto una pared”. Y el tercero afirmó: “Construyo una catedral”. ¿Para qué trabajamos, entonces? Hay una respuesta en cada persona y esa respuesta va más allá de ganarse los garbanzos.

* Sergio Sinay es periodista y escritor

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